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  • El famoso Darwin

    El célebre naturalista inglés Charles Darwin, nació en Shrewbury (Inglaterra) en 12 de febrero de 1809, cuarto hijo de R. W. Darwin, médico de la población mencionada. Su padre trato de que estudiase medicina y siguiese, mas tarde, la carrea eclesiástica; pero la decidida vocación del hijo por la Historia Natural, malogro el intento.

    A los veintidós años (1831) Darwin fue propuesto, como naturalista, para tomar parte en la expedición que el "HMS Beagle" iba a emprender alrededor del mundo. Este viaje, que duro cinco años, tuvo para las ideas de Darwin y para los principios universales de la ciencia, consecuencias trascendentales. La visión del escenario gigantesco de la América del Sur, y singularmente la de los depósitos patagónicos, repletos de mamíferos fósiles, en ricas series extintas, provocaron en el sabio naturalista hondas reflexiones.

    A su regreso publico la obra Viaje de una naturalista alrededor del mundo, de la que se han hecho copiosas ediciones. El 24 de noviembre de 1859, Darwin, publicó su obra capital, El origen de las especies, y en el mismo día en que se puso a la venta quedo agotada la primera edición: tales eran ya el crédito y fama de su autor. Su publicación provocó grandes controversias en el pensamiento europeo de la segunda mitad del siglo XIX, se opusieron a él los pensadores religiosos porque echaba por tierra la teoría creacionista y movía al ser humano del centro de la creación. Este libro convenció a los científicos y al público educado de que los seres vivos cambian con el tiempo, gracias a esto, Darwin se convirtió en el científico evolucionista más importante del siglo XIX.

    Se retiro a Down, en donde, rodeado de su esposa e hijos numerosos, llevo, hasta su muerte, una vida de hondo sosiego, entregado, en el grato retiro silencioso, a sus estudios favoritos. Murió a los setenta y tres años de edad, el 19 de abril de 1882. Sus restos yacen en la Abadia de Westminster, no lejos de la tumba de Newton.

    Su paso por Puerto Deseado

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    “23 de diciembre. Hemos arribado a Puerto Deseado, situado a los 47° de latitud, en la costa de la Patagonia. El abra penetra a unas 20 millas en el continente, con una anchura irregular. El Beagle anclo a pocas millas de la entrada, frente a las ruinas de un antiguo poblado español.

    Aquella misma tarde salte a tierra. El primer desembarco en un país nuevo es muy interesante, y especialmente cuando, como en este caso, el aspecto del conjunto lleva el sello de una individualidad bien caracterizada. A la altura de 60 a 90 metros sobre algunas masas de pórfido, se extiende una vasta llanura, que es peculiar y característica de la Patagonia. La superficie es perfectamente horizontal, y se compone de un cascajo redondo mezclado con una tierra blanquecina. Aquí y allá crecen matojos dispersos de hierba correosa y pardusca, alternando con espinosos arbustos enanos, menos numerosos aun. El tiempo es seco y agradable, y el limpio azul del cielo rara vez se oscurece. Cuando se está en medio de estas llanuras desiertas y se mira hacia el interior, el horizonte se presenta generalmente limitado por la escarpa de otra planicie mas lata, pero igualmente llana y desolada, y en cualquier dirección la línea en que se confunde el cielo con la tierra se presenta indistinta a causa del trémulo espejismo que parece levantarse de la calentada superficie.

    En semejante país no tardo en decidirse la suerte de las colonias españolas; la sequedad del clima durante la mayor parte del año, y los asaltos frecuentes de los indios nómadas, obligaron a los colonos a dejar sus casas a medio edificar. Sin embargo, el estilo de la construcción en que se comenzaron atestigua la mano fuerte y liberal de la vieja España. El resultado de todas las tentativas de colonizar esta parte de América, al sur de los 41°, ha sido miserable. Puerto del Hambre expresa con su nombre las angustias y sufrimientos extremos de varios centenares de infelices, de los que solo uno sobrevivió, para relatar sus infortunios. En la Bahía de San José, en la costa patagónica, se fundó una pequeña colonia; pero un domingo los indios atacaron y asesinaron a todo el grupo, excepto dos hombres, que permanecieron cautivos durante muchos años. En el rio Negro conversé con uno de ellos, que a la sazón era ya muy anciano.

    La zoología patagónica es tan limitada como su flora. En las llanuras áridas podían verse algunos coleópteros negros (Heteromeros), que se arrastraban lentamente de aquí para allá, y de cuando en cuando se deslizaba un lagarto por tal o cual sitio. De las aves tenemos tres rapaces carroñeras, y en los valles se ven algunos pinzones y otros pájaros insectívoros. Un ibis (el Theristicus melanops, especie que se halla en el África Central, según se dice) no es raro en las partes más desiertas; en sus estómagos halle saltamontes, cigarras, pequeños lagartos y hasta escorpiones. En cierta época del año los ibis andan en bandadas, y en otras, apareados; emiten un grito muy agudo y extraño, parecido al relincho del guanaco.

    El guanaco, o llama salvaje, es el cuadrúpedo característico de las llanuras de la Patagonia; en Sudamérica representa al camello del Oriente. En el estado de naturaleza es un animal elegante, con cuello largo y esbelto y patas delgadas,. Abunda mucho en todas las regiones templadas del continente, extendiéndose por el Sur hasta las islas próximas al cabo de Hornos. Generalmente vive en pequeños rebaños de 12 a 30 individuos; pero en las riberas de Santa Cruz vimos un rebaño que debía contener lo menos 500.

    De ordinario son extraordinariamente esquivos. Mr. Stokes me conto que un día había visto con un anteojo de largo alcance un rebaño de estos animales, que sin duda habían sido espantados y huían a todo correr, aunque la distancia era tan grande que no podía distinguirlos a simple vista. El cazador, con frecuencia es advertido de que hay guanacos en las cercanías por el peculiar relincho de alarma, que hacen oír a gran distancia. Si entonces mira con atención, probablemente vera el rebaño alineado junto a alguna colina distante. Al acercarse se oyen algunos chillidos más, y el grupo parte a galope en apariencia lento, pero en realidad rápido, siguiendo alguna angosta ruta muy transitada, hasta alguna altura próxima. Pero si por casualidad encuentra de pronto uno o varios animales, generalmente todos los guanacos se pararan y permanecerán inmóviles, contemplándolos atentamente; después se alejan quizá algunos metros, dan la vuelta y vuelven a mirar. ¿Cuál es la causa de esta diferencia en su proceder? ¿Es que a distancia confunden al hombre con su principal enemigo, el puma? ¿O es que la curiosidad se sobrepone a su timidez? Que son curiosos, es indudable, porque si una persona se echa a tierra y hace algunos movimientos extraños, tales como ponerse con los pies en alto, los guanacos se acercan siempre a reconocerla. En su artificio puesto en práctica repetidas veces con éxito por nuestros cazadores, con la ventaja, además, de permitirles disparar varios tiros, que formaron parte de la pantomima.

    En las montañas de la Tierra del Fuego he visto más de una vez un guanaco que al acercarme no solo relinchaba y chillaba, sino que hacia corvetas y saltaba del modo más ridículo, como desafiándome a hacer lo propio. A estos animales se los domestica con mucha facilidad, y así, he visto a algunos cerca de una casa en la Patagonia Septentrional enteramente sueltos. En ese estado son muy atrevidos y atacan fácilmente al hombre, hiriéndole por detrás con ambas patas. Se asegura que el motivo de estos ataques es el celo por sus hembras. Sin embargo, los guanacos salvajes no tienen idea de la defensa, y un solo perro puede sujetar uno de estos grandes animales hasta que llegue el cazador. En muchos de sus hábitos se parecen a las ovejas en rebaño. Así, cuando ven acercarse a algunos jinetes en varias direcciones se aturden al punto y no saben por dónde escapar. Esto facilita grandemente a los indios su caza, pues los espantan, llevándolos a un punto céntrico y allí los cercan.

    Los guanacos se echan al agua sin recelo; en Puerto Valdés los vi varias veces nadar de una isla a otra. Byron, en su viaje, refiere haberlos visto beber agua salada. También algunos de nuestros oficiales vieron un rebaño que parecía beber el líquido salobre de una salina cerca de cabo Blanco. Se me figura que en varias partes del país, si no beben agua salada, no la beben de ninguna clase. En medio del día se revuelcan a menudo en el fondo de algunas hondonadas. Los machos pelean unos con otros, y un día pasaron dos muy cerca de mí relinchando y tratando de morderse. Entre los que se mataron a tiros se hallaron varios con las pieles marcadas con hondas cicatrices. Los rebaños parecen a veces partir en grupos exploradores; en Bahía Blanca, donde hay poquísimos, en una faja de la costa de 30 millas de ancho, vi un día al rastro de 30 ó 40, que habían venido en línea recta a un arroyo cenagoso de agua salada. Después, al notar quizá que se acercaban al mar, giraron en redondo con la regularidad de un escuadrón de caballería, y volvieron grupas por la misma senda recta que habían traído. Los guanacos tienen una costumbre singular, que de ningún modo acierto a explicarme, y es que en días sucesivos echan los excrementos en el mismo montón. He visto uno de estos estercoleros, que media unos dos metros y medio de diámetro y contenía gran cantidad de excrementos. Según Monsieur A. d’Orbigny, este habito es común a todas las especies del genero y beneficia a gran manera a los indios del Perú, que emplean el estiércol como combustible, ahorrándose así el trabajo de recogerlo.

    Los guanacos parecen tener sitios predilectos en que morir. En las márgenes del Santa Cruz, en ciertos espacios circunscritos, de ordinario cubiertos de espesa vegetación y todos cerca del rio, la tierra esta materialmente pavimentada de blancas osamentas. En un sitio de esa clase conté de 10 a 20 cráneos. Examine algunos en particular, y no tenían, como otros que visto dispersos, señales de haber sido roídos o rotos, como si hubieran estado entre las mandíbulas de animales carnívoros. Los guanacos que murieron allí debieron de arrastrarse agónicos por entre los arbustos. Mr. Bynoe me informa de que durante su primer viaje observó la misma circunstancia en las riberas del rio Gallegos. No comprendo la razón de esto; pero creo del caso observar que los guanacos heridos en el Santa Cruz, invariablemente tomaban la dirección del rio. En Santiago, en las Islas de Cabo Verde recuerdo haber visto en un profundo barranco un rincón retirado que estaba cubierto de huesos de cabra, y entonces, dijimos todos que aquello debía de ser el cementerio de todas las cabras de la isla. Cito estas menudencias porque en ciertos casos podrían explicar el hecho de hallarse muchos huesos intactos en algunas cuevas o sepultados bajo acumulaciones aluviales, asimismo la causa de por qué ciertos animales, más comúnmente que otros, se hallan enterrados en depósitos sedimentarios.

    Un día el capital envió la yola al mando de míster Chaffers, con provisiones para tres días, a inspeccionar la parte superior del puerto. Por la mañana buscamos algunos sitios en que hacer aguada, señalados en una antigua carta española. Hallamos una cala en cuyo fondo había un arroyuelo de agua salobre. Aquí la marea nos forzó a esperar varias horas, y en el intervalo camine algunas millas adentro. La llanura, como de ordinario, se componía de grava mezclada con una tierra que parecía cal, pero que en realidad era de muy distinta naturaleza. A consecuencia de la poca cohesión de estos materiales había numerosos barrancos. No se veía un árbol, y apenas algún cuadrúpedo o ave; únicamente el guanaco aparecía en la cima de algún cerro, velando como fiel centinela por su rebaño. Todo era silencio y desolación. Sin embargo, al pasar por las regiones tan yermas y solitarias, sin ningún objeto brillante que llame la atención, se apodera del ánimo un sentimiento mal definido, pero de intimo gozo espiritual. El espectador se pregunta por cuantas edades ha permanecido así aquella soledad, y por cuantas más perdurará en este estado.

    Nadie puede decirlo…; todo parece ahora eterno. El desierto tiene una lengua misteriosa, que sugiere terribles dudas

    Por la tarde navegamos unas cuantas millas más arriba, y luego plantamos nuestras tiendas para pasar la noche. Al día siguiente, a eso de las doce, la yola varo, y por falta de fondo no pudo continuar más allá. Como el agua era en parte dulce, Mr. Chaffers tomo el bote y avanzo dos o tres millas más adentro, donde también varo, pero en un rio de agua dulce. El agua era cenagosa, y aunque la corriente carecía de importancia, hubiera sido difícil explicar su origen, a no ser por la fusión de las nieves de la Cordillera. El sitio en que vivaqueamos estaba cercado de atrevidos riscos y empinados pináculos de pórfido. No creo haber visto nunca un lugar más apartado del mundo que esta grita rocosa en la extensa llanura.

    El segundo día después de nuestro regreso al fondeadero un grupo de oficiales y yo fuimos a saquear una antigua tumba india, descubierta por mí en la cima de una colina próxima. Dos piedras enormes, cada una de las cuales pesaría probablemente lo menos un par de toneladas, habían sido colocadas frente a un saledizo de roca, de unos dos metros de alto. En el fondo de la tumba, sobre la duro roca, había una capa de tierra de unos tres decímetros de espesor, la cual debió de ser transportada allí desde la llanura inferior. Sobre esa capa se había puesto un pavimento de losas, y encima de ellas un montón de otras, a fin de llenar el espacio entre el saledizo y los dos grandes bloques. Para completar el sepulcro, los indios habían logrados desprender del borde saliente un enorme fragmento y hacerlo caer sobre el montón de modo que descansara en los dos bloques. Nosotros hicimos excavaciones en ambos lados de la tumba, pero no pudimos hallar los restos, ni siquiera huesos. Los últimos se habían deshecho probablemente hacia largo tiempo, en cuyo caso la tumba debía de ser antiquísima, pues halle en otro lugar algunos montones más pequeños, y debajo de los mismos unos cuantos trozos desmenuzados, de los que no era posible saber con certeza si habían pertenecido a un esqueleto humano. Asegura Falconer que los indios sepultan a sus muertos donde fallecen, pero que después recogen cuidadosamente sus huesos y los llevan, a no ser que haya gran distancia, a un sitio próximo a la costa, para depositarlos allí. Esta costumbre, a mi juicio, debe de ser tenida en cuenta para explicar el hecho anterior, recordando que estos indios probablemente llevaban el mismo género de vida que los fueguinos de hoy, antes de ser introducidos en el país de clos caballos, que, consiguientemente, hubieron de residir cerca de mar. El prejuicio general de querer enterrarlos al lado de sus mayores hizo, sin duda, que los indios, a la sazón nómadas, llevaran la parte menos perecedera de sus difuntos a su antiguo cementerio de la costa.”

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    Ricardo Perez
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